Pepe “El de los Calentitos”

  Muchos de ustedes os acordareis de Pepe “el de los calentitos” y mas de una familia le habrá comprado por las tardes para la merienda, iba vestido con pantalón, chaquetilla  y un gorro grande, todo en color blanco,  llevaba una canasta llena de ricos calentitos, bollitos de leche, palmeras de hojaldres, ensaimadas, milhojas  de chocolate o de crema, bollos suizo y los zeppelines. Los calentitos eran unos sabrosísimos dulces y los zeppelines eran parecidos a los bollos suizo o ensaimadas pero más grande y con la forma del dirigible por eso tenia ese nombre, todos los llevaba recién hechos y calentitos. Cada tarde los dulces se elaboraban en un horno que estaba al final de la calle la Luneta antes de llegar al parque justo debajo donde empezaba  el callejón de la  Mejala, (en esta foto veréis el empezar del  callejón de la Mejala, pues debajo estaba el horno de los calentitos).

calle la Mejala 2

     Pepe salía con su canasta, pregonando a toda voz,   “no me han…, no me han…, no me han oído,  calentiiiitó.  Antes de llegar al teatro Nacional tenía que volver al horno para llenar de  nuevo la canasta, porque los había vendido todos.  Volvía a empezar de nuevo y cuando llegaba a la altura de mi casa, la cual estaba a mitad de la calle  Luneta, tenia que volver al horno a cargar otra vez. Seguía vendiendo toda la Luneta pasaba luego para la Judería y a  la calle Mohamed Torres. En la tarde solía vender cuatro o cinco  canastas bien repletas de calentitos, pregonando su famoso “no me han…, no me han.., no me han oído, calentiiiiitó, llevo las milhojas, palmera y zeppelines calentito.

     Este era el famoso calentito, de nuestra historia de nuestro Tetuán.  Mi madre todas las tardes lo mismo que las vecinas, salía a comprarle los calentitos  para la merienda.

Intendencia

     Los calentitos y el horno donde se hacían me traen gratos recuerdos de mi niñez, como veréis en esta otra foto se ve la parte de atrás del teatro Nacional, y la entrada a la plazoleta de Intendencia, es la plazoleta donde nos reuníamos  para jugar.

Un relato de José Domínguez